Malabares verdes

La luz roja del semáforo se reflejaba en los anteojos. Intuyó que algo venía averiado en él. Hizo lo que mejor sabía y de inmediato sacó las pelotitas del bolsillo. Como un truco recién aprendido se dejó llevar por la magia del momento y así no perder el equilibrio. El reflejo de las esferas en los gruesos cristales le ayudaba a ofrecer su mejor espectáculo.

-No tengo ninguna moneda, flaca, perdón.

-Estas averiado, ¿lo sabías? – le miró con curiosidad, como si pudiese ver las hormiguitas imaginarias de sus palabras marcando el surco al penetrar los oídos del hombre con cara de roto.

-No, el auto está bien. ¿Se ve algo mal en el frente? – asomó la cabeza fuera de la ventanilla abierta para corroborar lo que le decía.

-El auto está bárbaro. ¡Vos estás descompuesto! Perdiste la mitad de tu nombre – un poco asustada de ese mensaje, que no sabía de dónde le bajaba, mantuvo la boca cerrada esperando una reacción.

Cerró la ventanilla moviendo el índice izquierdo. Siempre lo había usado para indicar lo que quería en su vida. Ahora clausuraba el portal de comunicación para no escuchar lo que aquella loca, de nariz de payaso y pelotas de colores, le decía, sin que él hubiese preguntado nada.

“Pero qué mina demente, si me llamo como siempre…” – metió la quinta en plena interbalnearia para que la velocidad le despejara la nube oscura que parecía cubrirle el techo del auto. Se le nubló la vista y sintió cómo se empañaban todos los vidrios. Activó el limpiaparabrisas pero no se borraba la neblina de sus ojos. Al palparse el rostro notó agua. Se miró los dedos y de ellos caían densas lágrimas. No recordaba cuándo había sido la última vez que había llorado.

-SanThiago, tenés que llorar, mi amor. Sabemos que te duele haber perdido a tu hermano pero no podes quedarte así, duro, sin sacar para afuera lo que sentís – su madre le pasaba la mano por la frente acompañando con el gesto esas palabras que no comprendía. ¿Cómo le podía explicar que sentía llorar por dentro, que se le mojaban todos los órganos y la parte interna de la piel pero nada salía para afuera? La imagen de su hermano colgado frente a la ventana del cuarto era el fantasma que le había robado las lágrimas.

Se tiró para la banquina porque el recuerdo le secuestró la visión y casi se da de frente con la parte trasera de un camión de basura.

Asustado hasta sentir que los huesos crujían se arrodilló en medio del pastizal y dejó salir toda la rabia contenida. Vomitaba exorcizando los demonios que le habían estado comiendo cada recodo de su ser. Tiró los lentes lejos, quizá perdiéndose para siempre entre la arena seca. En pleno desquicio, como un perro que ha perdido su hueso, se lanzó a escarbar. Tiraba  de los juncos con ansiedad. Se rasgó las manos hasta que las palmas le sangraron, dejando un rastro de sangre que no calmaron su angustia en la búsqueda de ese rastro perdido.

-¡Mierda! ¿Dónde estás, carajo, dónde estás? ¿Cómo es que perdí la mitad de mi nombre? – poseído por una fuerza desconocida arremetía contra el incipiente pozo con uñas y, como si no fuera suficiente, también hincó los dientes. Se atragantó con la arena húmeda y tosiendo empezó a llamar, desesperado, invocando un nombre.

No el suyo. Se resignó a tener una mitad. Convivir con la otra que le faltaría el resto de su vida.

Gritaba el nombre de su hermano y las lágrimas le formaban pelotas de arena en la cara.

-¡¿Por qué te fuiste, loco?! ¿Por qué te llevaste mi mitad con vos? ¿Cómo hago ahora para seguir con el costado vacío? – rogaba al cielo despejado con la esperanza de encontrarlo colgado de alguna estrella, aunque fuese fugaz.

“No voy a poder caminar. Para siempre rengo, sin equilibrio” – sentenció, secándose el rostro, y sintiendo cómo se raspaba en cada intento de recuperar la compostura.

Agotado por el dolor, y la certeza de la pérdida que le había caído como la bóveda oscura sobre el pecho, se durmió.

-¿Lo encontraste? – escuchó el murmullo apoyado en el oído derecho. El cálido aliento fue entrando por el canal auditivo. Le recorrió los surcos del cerebro, bajó por los párpados cerrados, quiso escaparse por los orificios pero Thiago, medio inconsciente, lo retuvo como la última gota de vida. Le bailó un blues triste bajo sus labios cerrados y una vez que le despejó la garganta se anidó en su corazón. El poderoso latido de la pregunta le despertó.

“A contraluz del sol, bajo un cielo de verdad” – recordó la canción mientras veía los ojos despiertos, curiosos, de la chica con risa amplia y nariz de payaso.

Sonrió.

Supo que ese día todos los semáforos llenarían la ciudad de color verde.

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