El amor es un gato de mierda

Lo encontró, malherido y oculto, entre ladrillos rotos de una casa abandonada. Emitió un ronquido que le hizo poner en alerta pero al ver aquellos ojitos de cejas caídas, orejitas cerradas como paraguas en desuso y el hocico, pequeño y arrugado, metido entre las patas pulgosas, clausuró todas las defensas y, sin pensar, lo acobijó entre sus brazos.

-¿Pero qué es ese bicho? ¿En dónde lo encontraste, Rúa, que viene tan zaparrastroso? – preguntó con desconfianza su amiga.

Si bien no hacía mucho se conocían habían entablado una intensa amistad que les llevó a buscar una casa juntas para iniciar una convivencia. Tanto ella como Belén estaban agotadas de relaciones fallidas con los hombres y querían tomarse un descanso de esos ribetes emocionales. Entendían esta nueva etapa como un retiro hacia ellas mismas. Disfrutarían de la soltería sin compromisos, conociendo personas que les ayudasen a liberarse de prejuicio y madurarían en la soledad, mientras ahorraban en gastos. La realidad es que a cada una se le hacía difícil mantener una casa por sí misma.

Belén era relajada y flexible pero caía en una actitud sincericida cuando algo se corría de ciertos estándares.

-A mí no me vengas con que eso es un perro. De acá a la China se ve que es un gato. Y uno feo, peligroso y falluto. Mirale los ojos. Fijate como parece que en cualquier momento te planta un zarpaso en la cara – comentaba en un tono controlado para no despertar la ira de lo que ella consideraba era un gato. Pasaba la escoba con lentitud exagerada y probaba la paciencia del felino en cada pasada – ¿Vos lo escuchaste ladrar? ¿Le viste las uñas? Decí que tiene rabo porque si no te daba una pista…

-Pobrecito, tenele piedad. Nadie lo quiere. Se ve que lo abandonaron y está super triste. Es verdad que se muestra ambiguo porque de a ratos se acerca y por momentos se desaparece, pero es tan solo una forma de protegerse porque ha sufrido mucho, eso es notorio, mirale la piel toda herida – levantaba una de sus patas para mostrar el pellejo desgarrado en la cara interna de cada miembro. Parecía que venía de combatir una pelea callejera con otros contrincantes.

-Ese bicho, vas a ver, te va a comer toda la comida, va a dejar que lo cures, le des tu cama, le compres un collar, va a hacerse el domesticado y mimoso, te va a engatusar y un día que vos andes media triste o complicada, se va para no comerse tu desánimo y te deja así, toda enamorada de una piltrafa – sin paciencia miraba con desafío a lo que, ahora sí, sin lugar a dudas, entendía era un gato – Los gatos son egocéntricos, inmaduros y no les importa abandonarte, porque ellos solo quieren la propiedad, sentirse dueños de la casa, no les importás vos.

-No me parece que sea así… conozco gatos buenos, mansos… Igual Amor es un perro – sentenció, como estableciendo el límite entre lo que quería escuchar y lo que ya era para otra conversación, mientras preparaba el agua para darle un primer baño.

-¿Cómo dijiste? ¿Amor? ¿Esta cosa, hecha pedazos, se llama Amor? Uy, nena, sí que venimos mal con el pasado, ¡eh! – se rió, con ironía, porque sabía que ella aún no terminaba de concluir, en su corazón, la historia con Rafael, quien la dejó de un momento para otro para iniciar, a las dos semanas, una relación inminente con una de sus mejores amigas.

-Sí, Amor, porque estoy segura que todos los seres, de a pedazos, volvemos a ser felices amando de nuevo. Ahora estoy herida y Amor también lo está. Pero los dos nos vamos a ayudar y cada uno lamerá las heridas del otro hasta que cicatricen. Me va a ayudar a no caer en los brazos de ningún sorete que me quiera engañar y yo le voy a dar techo, comida y el cariño que precisa para volver a confiar en los seres humanos – dio la vuelta con el mamífero en brazos para iniciar el proceso de higienización.

A los dos meses Amor se sentía el dueño de casa. Salía por la ventana por las noches, a altas horas de la madrugada, y volvía por la tarde, para alimentarse, dormir cómodo en la almohada y disfrutar los arrumacos de su “ama”. Percibía que estos comportamientos no eran propios de un perro pero era tan naif que siempre daba una oportunidad a la forma de ser diferente de cada persona y animal. Confiaba que con el tiempo su reciente compañero iría asimilando los límites del amor compartido, los ajustes a una convivencia armoniosa, respetaría los horarios de la casa y no dejaría heces por cualquier parte ni a cualquier hora.

-¡Tu gato se caga en nosotras Rúa! ¡Me tiene cansada con esa actitud pedante e infantil! Pero nena, abrí los ojos, por favor, date cuenta que ese bicho no es perro, es gato y uno muy pero que muy jodido. No está mal desconfiar un poco de vez en cuando – le pasaba la taza de arroz para verter en la olla porque, aún en los desencuentros, eran compañeras a la hora de cocinar y llevar a cabo las tareas de la casa.

-Que no es gato. Es perro. No ladra porque es temeroso. Creo que tiene varios traumas del pasado que nunca vamos a conocer, por supuesto. No se caga en nosotras, es que es diferente, tiene sus tiempos para adaptarse, está aprendiendo y de a poco va a ir respondiendo, vas a ver.

-Mirá que estás zarpada de negadora. ¿Vos no ves que este bicho es como Rafael? ¿Querés que te pase lo mismo? No soy pájaro de mal agüero pero te vaticino que este bicho se va, de un día para otro, y te deja terrible cagada encima de la cama.

No volvieron a mencionar el tema de Amor, ya sea porque Belén bajó los brazos, rendida ante su actitud ciega, o porque ella se empecinaba en dedicar toda energía en la recuperación de ese animal.

De a poco se fueron distanciando sin darse cuenta. Se veían cada vez menos y los mates quedaban fríos, en mitad de la mesita ratona, esperando por las manos tibias de la otra.

No le contó a Belén que había perdido el trabajo por las reiteradas llegadas tarde. Le implicaba minutos extra limpiar las inmundicias de su mascota y no tenía la mente puesta en las tareas administrativas sino a los regresos fortuitos del animal.

Se daba cuenta que estaba rara, cambiada, cerrada y atrapada en una torre inaccesible de silencio. Reconocía, para sus adentros, que solo tenía ojos para ese felino que a ella, su rescatista, ni registraba.

-¡Desapareció! No está más. No hay heces ni nada. No hay rastro. ¡Se fue Belén, se fue, me dejó! – lloraba como si hablara de Rafael. Su ex la había cagado con su mejor amiga pero de la sutil manera humana, con menos olor y mayor gravedad en las consecuencias.

-Ay, corazón… Rúa… no te pongas así. Vos sabías que esto iba a pasar. ¿No te lo vengo diciendo desde el día en que apareciste con ese animal sin cola. Si sería notoria su cobardía que ni rabo entre las patas tenía – la abrazaba con ternura porque conocía su fragilidad. Si no le apretaba quizá se esfumase ante sus narices. Con una mínima corriente de la puerta entornada se desarmaría en infinitos pedazos.

-No es justo, Bel, no es justo. Vos viste todo lo que yo hice por él. Todo el mundo pasaba, lo miraba, y seguían de largo. Estaba solito, indefenso, necesitaba del amor de alguien. Yo se lo di. Mirá lo que me hace… – sin consuelo los hipos del llanto le cortaban la respiración – ¿Y si no lo veo nunca más? ¿Y si le pasó algo malo? ¡Me muero si Amor está muerto!

-Rúa, sentate, calmate – le ofreció la sillita de los mates y le cebó uno – Amor no desapareció. Es decir, no va a volver, pero no desapareció.

-¿Cómo? ¿Pero qué estás diciendo? ¿Vos sabés dónde está Amor? Decime que lo voy a buscar. Pobrecito, capaz que tiene hambre o frío. Quizá se perdió y confundió de casa – en vanos intentos de justificación se seguía deshaciendo.

-No, Ru, tranquila. Respirá. Tomá este mate y escuchame – le tendió la bebida caliente como para despertarla del trance. Con el agua hirviendo quizá hiciese ebullición esa sangre femenina y dejase de estar arrastrada añorando la lástima de ese gato traicionero.

De a poco, con manos temblorosas, se fue tranquilizando en cada cebada. Conectó con su respiración y la presencia incólume de su amiga le ató a la tierra.

Observó el entorno con nuevos ojos. Sus pupilas, dilatadas por el miedo, comenzaron a ceder y así focalizar en los detalles. La ventana abierta y de cortinas descorridas, un aire estival que les entibiaba el rostro, las plantitas verdes y animosas en el pretil, aquel suelo limpio con fragancia de eucaliptos.

Miró a su amiga a los ojos y sintió, sin necesidad de un gesto, que le tocaba el corazón. Belén sostuvo la mirada, en silencio, y pareció contarle lo que ella aún desconocía.

Sintió el apretón amistoso en el brazo desnudo y aquella sonrisa le infundió ánimos.

-No va a volver, ¿no?

-Sabes dónde está, ¿verdad?

-Si… Dios los cría y ellos se juntan – devolvió el mate para continuar con la ronda – Solo me pregunto con qué nombre bautizarán a ese gato de mierda… porque Amor, lo que se dice amor, seguro no es.

Sonrió, con picardía, en complicidad con la que sentía era una hermana que le regalaba la vida, cerrando una historia fallida con su ex, la traición de la que se decía mejor amiga y varios meses de sentirse cagada por un gato que se hizo pasar por perro.

Anuncios

NO ES POESÍA II

Te invito a leer los salmos conmigo.
Abrí en el diecinueve.
No hay nudos,
ni misterios, más que vos y yo
reviviendo a Cortázar dibujando a la Maga.

Vos la buscas en mí, esquivo
en el desencuentro de capítulos,
dudando entrar a la Rayuela
con pie cronopio o fama.

Pero en serio.
No es azar.
Mi ritual es invitarte desde acá.
Vos dejate caer entre las hojas
y encontrame donde es palabra
la música de jazz, el humo y la mujer
que pide arrullo en la errrrrrrre.

La piedra cayó y no es en el cielo.
Saltá, de cuadro en cuadro, que yo
te borro las fronteras.
Si hay charquito, no temas.
Los cronopios truequeamos
la seguridad de los pies
por la sorpresa del viento.

El diecinueve. O el diecisiete.
Arriesgá que no hay padrenuestro.

La maga habla.
La maga acaricia rulos.
La maga, dulce y entreverada, sentencia:
“Horacio es como un vaso de agua en la tormenta”.

Si entraste, no importa el casillero,
seguí el eco de los truenos.

Ahora, a la piedra,
si queres en silencio,
arrojala vos.

Del Big-Bang no hay retorno posible

– ¿Te acordás cuando nos surtimos de lamparitas? Las… ¿milhoras? Sí, ahí va, así le llaman. Me acuerdo porque se me vino la imagen de la torta, la milhojas, pero hecha de pedacitos de vidrio y llena de luz – aún le acariciaba la mano, en esos escasos momentos que compartían al mirar una película, por supuesto, pirateada, de internet.

– No entiendo cómo se te vienen esas imágenes locas a la cabeza. Y ni me hables de las lamparitas que ya estoy hastiado de que se sigan quemando – retiró la mano, brusco, para rascarse la barba de días sin afeitar, más por desgano que por hipster.

– La única que funciona es la del baño, ¿no? Pero no da para quemarse tanto. ¿No te diste cuenta que prescindimos lo más bien de ellas? La verdad que me he ido adaptando al cambio. Para ponerme el piyama me voy con la linterna del celu y listo – la veta camaléonica era un rasgo poderosísimo en su trabajo como ilustradora pero en la convivencia rozaba la indiferencia y abandono.

– Es que no entiendo por qué no querés comprar de las comunes, ¿qué tanta historia con las milhoras? – ya no apoyaba la mano sobre el sillón, lleno de migas y pelos de perro, sino que, quizá, cobarde ella, buscaba refugio en el bolsillo derecho.

– Decime una cosa – le miró fijo a los ojos, con una ceja disparada, desafiante, mientras ponía pausa a la historia que nacía en la compu – ¿vos creés que el amor soporta la baja densidad? ¿O tiene que ser todo a 220 watts? – se deshizo la colita de un tirón porque las ideas constreñidas le pulsaba en las sienes.

Emulando el eterno estado de stand by del equipo de audio – que aún no entendía por qué no lo prendían ni apagaban – quedó suspendido en una respuesta, que bien podría ser el silencio. En milésimas de segundo tenía el superpoder de comprender que Lourdes podría tomar como un ataque cualquier tipo de respuesta. Si decía que sí ella de inmediato le caería con unas teorías increíbles que rebatieran su afirmación. Pero si decía que no, entonces, en un complejo modo de dar vuelta toda hipótesis posible, sostenía el punto contrario.

Tres años y medio de convivencia, siete lamparitas “milhoras”, de las que solo una se mantenía viva, para seguir en el mismo sitio que al inicio: del big-bang no hay retorno posible.

Lourdes estalla de a poquito. En breves dosis, minúsculas, dispara fragmentos de vidrio hiriente que no se sabe cómo te rasga por dentro. Su particular forma de desarmar lo que estaba contenido, sin que él lo supiese, era con una pregunta que uno podría pensar de lo más anodina. Es decir – a ver, concentrate Patricio, vos podés encontrar la respuesta correcta, no es tan difícil, aprobaste física, química y no sé… ¿matemáticas tendrá que ver con esto? – Baja o alta densidad. Baja o alta densidad.

– ¿Y? ¿Para cuándo? No es tan complicada la pregunta. ¿Soporta o no soporta? – apuró el último trago de vino en el vaso y dobló en varios cuadrados irregulares la caja vacía de la pizza.

– Pará, Lu, no me apures porque me suena a que – de ninguna manera podía decirle que él estaba seguro de que no le preguntaba por las lamparitas, ni la densidad, electricidad, en fin… que en realidad le cuestionaba sobre el amor, esa era la palabra clave y, si Lu le interroga sobre el amor le está cuestionando la relación entre ellos dos – quiero responderte con todo mi corazón.

– Mmm… con todo tu corazón… – le miraba la mano oculta en el bolsillo, y sentía la ausencia en su propia palma que ahora sostenía el vaso que pondría en la pileta llena de ollas y platos sucios – Bueno, aprovechá en este ratito que te quedás a oscuras, vos solito, que me voy a iluminar un rato al baño.

No podía ser que otra vez se encontrara ahí, en ese bendito lugar, una vez más, en una encrucijada. No sabía si podría seguir tolerando este tipo de sucesos. No, sucesos no, insucesos. Aparte de que la cuestión se le metía en los sesos haciendo que se le formara una pasta opresiva, en sí, era un extraño giro en los acontecimientos que siempre le dejaba al borde del abismo. Es algo que acaece, algo no previsto. Como el meteorito que despertó a los dinosaurios, un domingo como cualquier otro, y ¡zas!, donde había luz y tranquilidad, de un momento para otro, ¡bum!, apagón total. Muerte sin explicación. Ni antes ni después. Solo un evento impredecible que, sin historia ni futuro, les arrebató el presente sin que se dieran cuenta cómo se había gestado.

¡Y el reloj estaba descontando!

No solo los segundos pasaban, las milésimas eran más grandes que los propios segundos. Era un borbollón de sonidos – tic, tac, tic, tac – frenético que le golpeteaba el cerebro porque Lu saldría del baño, único lugar que aún tenía luz, y le exigiría una respuesta iluminada. Estaba seguro que no hablaba de las lamparitas ni la intensidad de esas porquerías. Le exigía una respuesta y su vida entera dependía de ello. No su vida en cuanto a las palpitaciones de su corazón, la sinapsis entre las neuronas, o las mitocondrias convirtiendo la grasa en combustible. Esa vida no. Pero la vida entre ambos, la de la relación, la de ese amor que ella dejó traslucir de manera velada, en esa pregunta de putas lamparitas, sí que estaba bajo riesgo de un inminente apagón.

La puerta del baño se abrió.

Escuchó el sonido tenebroso, en la oscuridad absoluta del living sin rastros de comida, alcohol o manos que se rozaran, de las bisagras gritando, desgarradas, por la falta de aceite.

El silencio. La oscuridad. El equipo de audio en stan by. La película en pausa. Los vasos, sucios y vacíos, en la cocina. Lu esperando una respuesta. Sin antes ni después. El insuceso.

Pobres los dinosaurios. Nunca hubo esperanza para ellos.

Tampoco para la última lamparita, esa que sintió explotar, tras el click de Lu, mientras abandonaba el último lugar con esperanzas de salvación de la casa.

No es poesía

Te escribí un poema de lo más lindo.

No es por alardear pero hasta la luna, una uña rasgando el cielo pecoso, se puso celosa pensando que, desde ese día, para qué ufanarse de su belleza si en esa poesía te arrebatabas hasta la musa de los perdidos.
No obstante, el pecado de la soberbia me jugó un partido que sabía nunca le podría ganar y así fue, que en duermevela, lo canté con los labios sellados, desafiando la memoria que circula entre uno y otro oído.
El olvido me contó que las manos quietas fueron nutritivas y se tragó, de un bocado, la estética desesperada de esa poesía que sabía su designio: evaporarse como las nubes lloronas en la tarde.

No sabes qué lindo poema te escribí.
Pero no me hablaste.
¿Vos decís que te perdí?

Revolución Caléndula

A escasos minutos de ser convertidas en puños de sal, con el frío metal apuntándole los vientres, un solo pensamiento templaba el espíritu de Raja y su madre: la Revolución Caléndula ya estaba dando inicio en cada útero sobreviviente en el sistema. Las muñecas tatuadas, en ambos brazos, eran una afrenta para los centinelas que las arrinconaban en el paredón de la plaza central. En las humildes prendas ostentaban, en diseminadas manchas ambarinas, el color desafiante a la realidad oscura en la que vivían.  Cada una de ellas eran pequeños retazos que testimoniaban una parte del proceso de emancipación. Sentían miedo, les temblaban las rodillas y castañeaban los dientes. Pero no se arrepentían. Al contrario. A pesar de estar a minutos de ser desterradas de la existencia, en un último acto de censura fálica, una profunda paz y felicidad les convencía de que haber atravesado la desesperanza y pérdida absoluta de fe en la humanidad, con dolor e impotencia frente a esos hombres que les sentían tan víctimas como ellas, fue lo que las condujo a recuperar esa fuerza arquetípica, para así calentar sus vientres con nueva vida y romper con la gélida realidad.

El 2117 las encontraba con noventa y ocho años de asesinato en sus úteros. El poder máximo del terrorismo llegó a invadir hasta los embriones dentro de las mujeres embarazadas. Contando con una campaña electoral sucia y engañosa las mujeres también votaron en lo que sería decisivo para esta matanza temprana de millones de huevos. Los óvulos fueron deforestados en los pequeños fetos de siete meses de gestación. El decreto marcaba que, en la semana veintiocho, la mujer gestante recibiría la inyección “CYEN”- Control Y Estabilidad Natal – que eliminaría los óvulos sobrantes en el embrión, dejando solo unos cientos para una única fertilización. La mujer era considerada un mero atanor sin fuego propio que respondía al deseo del hombre para plasmar su descendencia. En la misma sustancia se programaba la menarca y menopausia de cada hembra que naciera. A los dieciocho años comenzaban a menstruar, una sangre opaca e inodora, que duraba dos días, y a la edad de veintinueve se retiraba sin incordios hormonales. Una vez cumplida la etapa de gestación, lactancia y apego seguro, en el entorno de los seis meses, el bebé era sustraído para continuar su crianza con los androides “XXY”. Seres  artificiales de características externas masculinas, y atributos vinculares femeninos, que se llevaban a cabo en los momentos necesarios: alimento afectivo y colchón emocional. En caso de ser varón era estimulado de manera temprana para desarrollar sus potencialidades en la esfera intelectual, cognitiva y cultural. Su carrera y vida seguiría los lineamientos establecidos en la “Constitución Universal”, que trascendía fronteras e idiomas, para integrarse en alguna de las tres áreas designadas para ejercer su poder: dominación ambiental, control humanitario y promoción intelectual. Si nacían en la desgracia de ser hembras eran apartadas, con premura, de la madre al momento de nacer. El alimento sería dado en biberones por mujeres desahuciadas que hubiesen cumplido los treinta y cinco años. No eran introducidas al sistema puesto que solo unas pocas eran elegidas para la continuidad de la especie. Se criaban de manera marginal entre aquellas del sustrato más bajo: el doméstico. No aprendían a leer ni a escribir. Junto a los animales de las granjas, y entre panes horneados en las ocultas cocinas, iban desarrollándose como seres descartables. A los mejores ejemplares, las de carácter sumiso que se adherían, exentas  de antecedentes por desacato, a los mandatos de la “Constitución”, se les adoctrinaba y relegaba a dos posibles áreas de trabajo: secretaría o administración.

Raja, su mamá y todas las demás mujeres nacían sabiendo que morirían a los cincuenta años. Ya no se era útil a esa edad y los hombres no debían cargar con tamaño peso. No había franja económica que tolerase el sostén de tantas vidas sin sentido. A cambio, los siempre productivos varones, tenían pautada por ley, una transfusión de sangre nutrida por aquella que las mujeres no vertían a través de sus vaginas, y de ese modo asegurarles una cómoda longevidad. En el entorno de los ciento cincuenta años perecían por causas naturales rodeados de un entorno pacífico y con los fármacos apaciguadores de cualquier malestar. En medio de un sueño narcótico cruzaban el río de la vida para arribar en paz a la otra orilla.

– Mamá, el Señor programó la “Insem” para el año próximo; sabe que este es mi último año de inocencia.

– No te preocupes, hija. ¿Pudiste ver las semillas que te encomendé?

– Sí. Planté unas pocas y algunos bulbos están prendiendo con fuerza. ¿Qué son?

– Una es de riqueza muy especial. Sus propiedades son curativas y cicatrizantes. Te revelaré su nombre cuando nazca en la primera luna de enero. Las otras semillas son poderosas por su tinta y fragancia vegetal como la remolacha, el jazmín lavanda y granos de polen que conseguí en el mercado negro.

Madre e hija se comunicaban mediante un dialecto inventado por ambas que prescindía de la palabra. La computadora vigilante, en conexión permanente con una cámara omnipresente, leía los labios y escuchaba hasta los murmullos. Cualquier idioma era traducido por la inteligente máquina. Pero no podía decodificar el lenguaje propio de las mujeres. El cuerpo femenino, sabio ancestral, poseía la suavidad de los movimientos envolventes, miradas sugestivas y muecas ocultas. Un guiño, enarcar la ceja izquierda, acariciar la oreja derecha, deshacer la cola de caballo o rascarse la axila era el léxico encriptado que madre e hija descifraban sin necesidad de mediar palabras.

Kahla no permitiría que su hija fuese inseminada por el déspota de su dueño. Habían erradicado la libertad de los actos femeninos pero no podían anular su espíritu ni intuición. Las mujeres no pueden claudicar de la sabiduría ancestral y cada óvulo es como una pequeña luna haciendo fuerza en su vientre. Aun deforestadas y amputadas en esas praderas en gestación seguían siendo portadoras de huevos fuertes que darían a luz una nueva camada de mujeres. Lo supo Kahla cuando vio el aro blanquecino que rodeaba el ombligo de la pequeña Raja al nacer. Se le revelaba el destino de umbral. Se la despojaron de sus brazos en el acto, pero fue lo segundo que vio tan pronto despegó los ojos de aquella mirada negra aunque llena de vida.

Ambas fueron actualizando la información en cada encuentro. Tres veces por semana, durante veinte minutos, les era permitido compartir un momento que les estabilizara el ánimo. Los hombres habían comprobado que la añoranza hacía estragos en el temperamento femenino, por lo que optaron inocular una dosis básica de afecto y comunicación en pos de la estabilidad del sistema.

Cada mes Raja mostraba a la madre manchas de distintos colores en prendas blancas. La máquina no podía interpretar que no eran casuales. Con minuciosidad, la joven, iba haciendo descubrimientos y progresos en la soledad del baño doméstico. Kahla iba testeando el color, tono y matiz de aquella paleta camuflada en diferentes telas. El aroma no penetraba el pequeño orificio del ente regulador. Las narinas maternas iban filtrando las diferentes dosis, y realizaba ciertos ajustes en la tinta vegetal, que luego Raja debería llevar a cabo a lo largo de la semana.

El ingrediente final se lo dio una vez conseguido el tinte exacto.

– Ten cuidado con esto Raja. No lo dejes olvidado ni tengas la torpeza de que se te escape de las manos. Si el Señor lo encuentra te convierte en sal en el acto.

– ¿Qué es, mamá?

– Es el río de vida que corre dentro del cuerpo de los hombres. Es vertido en mí cada tres días. Lo retengo en su presencia y, en secreto, lo libero después en este frasquito. Ese color lechoso es el que dará brillo y vitalidad al tinte. Somos lo que somos, Raja, por su líquido, no tan solo por nuestras diminutas lunas. Pero somos como somos por el inmenso poder de ellas. Dos fuentes que unidas nos dan fuerza y cuerpo. ¡Qué pena que ellos no lo entiendan y nos vean como enemigas! ¡Qué dolor que tengamos que comprender por unos y por otros! Pero así es la vida Raja, la mujer hace, deshace y vuelve a hacer sin importar las heridas que sangren en ese trecho. Acostumbramos a mirarle la cara a la muerte cada mes. Con silencios y lágrimas oprimidas cicatrizamos. No le tememos al dolor porque convivimos con el sufrimiento. Pero llegó la hora de desterrarlo de nuestras vidas, hija querida.

Luego de varias lunas Raja consiguió el preparado fértil. Su madre le dio instrucciones de cómo ingresarlo en su cuerpo. Aunque virgen e impoluto le enseñó a deflorarlo en pequeños tatuajes en las muñecas. El líquido ambarino surcaría las venas hasta dar con esa mariposa dormida en el vientre. Desplegaría las alas dando vida antes y después de lo previsto. Sembrarían el antídoto en las mujeres desterradas de los estratos más altos, para hacer fuerza desde las raíces mismas. Vírgenes, gestantes y menopáusicas podrían tatuarse en secreto con este líquido irreverente. Nada podría impedir que la fuerza de la fertilidad despertase la insurgencia de tantas mujeres. Se había dado inicio a la revolución naranja.

Los Encapuchados del Orden apretaban con repugnancia sus vientres. A pesar de las panzas abultadas Kahla y Raja se abrazaban dándose fuerza una a la otra. Sabían que la muerte ya les estaba pintando los pies de negro. No morirían descartadas, flacas y estériles como quería el sistema. Lo hacían con vientres ampulosos, senos preñados de leche y la conciencia tranquila, de que cada mujer de este universo dominado por hombres temerosos, llevaba tatuado en su cuerpo una pequeña flor naranja. Sus úteros menstruarían sin edades preestablecidas y  dejarían de dar vida cuando el ciclo estuviese cumplido, sin imposición ajena. La sangre naranja teñía una nueva generación de mujeres que, mes a mes, mojarían sus bombachas con el llamado de la vida y miles de lunas que nadie desterraría de ningún otro cuenco.

En sal se convirtieron a la voz de “Disparen”.

Se diluyeron en un hilo de agua naranja que partió el cemento.

Al pie del paredón, en la plaza central, una flor de caléndula, bella y revolucionaria, brotó en la grieta.

Malabares verdes

La luz roja del semáforo se reflejaba en los anteojos. Intuyó que algo venía averiado en él. Hizo lo que mejor sabía y de inmediato sacó las pelotitas del bolsillo. Como un truco recién aprendido se dejó llevar por la magia del momento y así no perder el equilibrio. El reflejo de las esferas en los gruesos cristales le ayudaba a ofrecer su mejor espectáculo.

-No tengo ninguna moneda, flaca, perdón.

-Estas averiado, ¿lo sabías? – le miró con curiosidad, como si pudiese ver las hormiguitas imaginarias de sus palabras marcando el surco al penetrar los oídos del hombre con cara de roto.

-No, el auto está bien. ¿Se ve algo mal en el frente? – asomó la cabeza fuera de la ventanilla abierta para corroborar lo que le decía.

-El auto está bárbaro. ¡Vos estás descompuesto! Perdiste la mitad de tu nombre – un poco asustada de ese mensaje, que no sabía de dónde le bajaba, mantuvo la boca cerrada esperando una reacción.

Cerró la ventanilla moviendo el índice izquierdo. Siempre lo había usado para indicar lo que quería en su vida. Ahora clausuraba el portal de comunicación para no escuchar lo que aquella loca, de nariz de payaso y pelotas de colores, le decía, sin que él hubiese preguntado nada.

“Pero qué mina demente, si me llamo como siempre…” – metió la quinta en plena interbalnearia para que la velocidad le despejara la nube oscura que parecía cubrirle el techo del auto. Se le nubló la vista y sintió cómo se empañaban todos los vidrios. Activó el limpiaparabrisas pero no se borraba la neblina de sus ojos. Al palparse el rostro notó agua. Se miró los dedos y de ellos caían densas lágrimas. No recordaba cuándo había sido la última vez que había llorado.

-SanThiago, tenés que llorar, mi amor. Sabemos que te duele haber perdido a tu hermano pero no podes quedarte así, duro, sin sacar para afuera lo que sentís – su madre le pasaba la mano por la frente acompañando con el gesto esas palabras que no comprendía. ¿Cómo le podía explicar que sentía llorar por dentro, que se le mojaban todos los órganos y la parte interna de la piel pero nada salía para afuera? La imagen de su hermano colgado frente a la ventana del cuarto era el fantasma que le había robado las lágrimas.

Se tiró para la banquina porque el recuerdo le secuestró la visión y casi se da de frente con la parte trasera de un camión de basura.

Asustado hasta sentir que los huesos crujían se arrodilló en medio del pastizal y dejó salir toda la rabia contenida. Vomitaba exorcizando los demonios que le habían estado comiendo cada recodo de su ser. Tiró los lentes lejos, quizá perdiéndose para siempre entre la arena seca. En pleno desquicio, como un perro que ha perdido su hueso, se lanzó a escarbar. Tiraba  de los juncos con ansiedad. Se rasgó las manos hasta que las palmas le sangraron, dejando un rastro de sangre que no calmaron su angustia en la búsqueda de ese rastro perdido.

-¡Mierda! ¿Dónde estás, carajo, dónde estás? ¿Cómo es que perdí la mitad de mi nombre? – poseído por una fuerza desconocida arremetía contra el incipiente pozo con uñas y, como si no fuera suficiente, también hincó los dientes. Se atragantó con la arena húmeda y tosiendo empezó a llamar, desesperado, invocando un nombre.

No el suyo. Se resignó a tener una mitad. Convivir con la otra que le faltaría el resto de su vida.

Gritaba el nombre de su hermano y las lágrimas le formaban pelotas de arena en la cara.

-¡¿Por qué te fuiste, loco?! ¿Por qué te llevaste mi mitad con vos? ¿Cómo hago ahora para seguir con el costado vacío? – rogaba al cielo despejado con la esperanza de encontrarlo colgado de alguna estrella, aunque fuese fugaz.

“No voy a poder caminar. Para siempre rengo, sin equilibrio” – sentenció, secándose el rostro, y sintiendo cómo se raspaba en cada intento de recuperar la compostura.

Agotado por el dolor, y la certeza de la pérdida que le había caído como la bóveda oscura sobre el pecho, se durmió.

-¿Lo encontraste? – escuchó el murmullo apoyado en el oído derecho. El cálido aliento fue entrando por el canal auditivo. Le recorrió los surcos del cerebro, bajó por los párpados cerrados, quiso escaparse por los orificios pero Thiago, medio inconsciente, lo retuvo como la última gota de vida. Le bailó un blues triste bajo sus labios cerrados y una vez que le despejó la garganta se anidó en su corazón. El poderoso latido de la pregunta le despertó.

“A contraluz del sol, bajo un cielo de verdad” – recordó la canción mientras veía los ojos despiertos, curiosos, de la chica con risa amplia y nariz de payaso.

Sonrió.

Supo que ese día todos los semáforos llenarían la ciudad de color verde.

Manzanas en la siesta

No podía escapar. A pesar del malhumor debía calzarse el disfraz y ajustarse al papel que le tocaba interpretar. La prima Lau no podía faltar.
Aniversario de bodas de su primo Antonio con esa, que aún mantiene, fiel a su esencia, las propiedades indisolubles del agua: incolora, inodora e insípida. Aunque con el paso de los años – así llegó a sus oídos el comentario familiar – el agua se había solidificado en un duro cubo de hielo.
¡Qué aburrimiento tolerar un rejunte de familiares y amigos para celebrar las cadenas que mejor tolerancia tienen! Diez años de esclavitud, ¡vaya motivo de agasajo!
Debería buscar en internet cuál es la parafilia que a uno le hace excitarse con el agua. No puede haber otra explicación. Debe ser una especie de fetiche – anotó mentalmente mientras se ajustaba el vestidito negro, alquilado, un tanto holgado, sobrio y discreto. Aburrido.
De buena gana se echaría a dormir una siesta. Sí, de noche, con el sol ausente y la piel fresca por la agradable brisa del aire acondicionado. Se saltearía la cena para pasar directo al postre. ¿Pero qué postre? Dejó de comerlos, hace años, al despedirse de Antonio. ¿Por qué se veía obligada a participar de ese festejo y ver la felicidad en la cara de su primo? No quería verse sometida a los recuerdos.
– Eso que escondés ahí es una manzana – le acariciaba un muslo entre murmullos.
– Shhh, callate que nos van a escuchar. Quedate quieto que pueden abrir la puerta – apretaba su espalda al abdomen plano de su primo. El muelle en el nacimiento de las nalgas recibía, plácido y calmo, la embarcación acunada por el canto de las chicharras.
– Es que te quería contar que no comí postre, ¿viste? Soy fiel a los que vos me ofrecés – la mano abandonó el muslo tras entibiarlo.
– ¿No te molestan las semillas? ¿Te atrevés a comerla aunque esté menos jugosa? – fue penetrando el canal de complicidad que los unía desde niños.
– Las semillas son suaves, chiquitas, provoca cosquillas entre los dientes – el dedo mayor fue recortando los labios ocultos entre las piernas, resistentes a dejarse descubrir desde un principio– No tengas miedo, sos demasiado fresca para creer que la manzana pueda estar arenosa – sofocaba la risa sobre su oído izquierdo mientras el dedo, amigo de esa oscura tibieza, era abrigado por los labios, cómplices de las caricias a esa semillita que se resistía a dormir en la placidez de la siesta.
Sabían que la hermana de Antonio dormía en la misma habitación, más alejados de ellos, próximo a la puerta. No estaban solos. Sofocar los quejidos del orgasmo era el mayor deleite de las inhibiciones.
Ahí, sentada en el suelo, en el centro de la habitación desordenada, bajo la luz que parecía interrogarle qué clase de recuerdos eran esos, previos a la fiesta, decidió cambiar el disfraz. Ya no se reconocía entre faldas hasta las rodillas, colores opacos y soltura en la tela que desdibujaba las formas únicas de su cuerpo.
Se desprendió del vestido sin sutilezas ni contemplaciones. Sus manos se manejaban solas, guiadas por un enojo asfixiado que la había tapizado por años. Se puso un top rojo con lunares negros, una mini de jean y los tacos.
Mientras esperaba el paso de un taxi libre, en las calles llenas de la muchedumbre estival, sintió los latidos, quizá reavivados por el calor, en esa zona alejada del corazón.
– Sabés que te quiero, aunque no tengamos más que siestas, ¿verdad? – le hablaba en susurros asomando la cabeza entre las piernas. El olor a mar que nacía de las profundidades le mareaba y prefería entregarse al deleite sin tener que recordar la vida prohibida tras las siestas.
– Tonio, te prometo que siempre voy a tener, para vos, manzanas en la siesta – le acarició con el pulgar el espacio entre las cejas, mientras sonreía, porque sabía que el éxtasis vendría de manera inevitable tras unos segundos.
Después de ese verano ya no hubo siestas, ni vacaciones compartidas en La Coronilla, Navidades ni Año Nuevo. Su familia se mudó para Argentina y fue poco el intento de mantener comunicación por parte de Antonio.
Al principio fue desconcierto. Luego tristeza. Más tarde apareció la nostalgia y la desazón. Pero nunca el enojo, nunca rabia. Por otro canal, vedado, imposible de ser reconocido y validado, corría esa emoción peligrosa.
Sin proponérselo se deshizo de la cama y se tapó de trabajo para eliminar el tiempo de ocio que obliga al descanso tras el almuerzo. Si tenía un momento libre iba al gimnasio y el plan alimenticio había excluido frutas rojas y verdes, ya no por consejo de la nutricionista sino porque una especie de aversión se le imponía frente a ellas.
Al subir al taxi y darle las indicaciones al chofer sintió una tibieza líquida entre las piernas. Desconoció la sensación. Una especie de augurio, teñido de recuerdos, se le escapaba por el cuerpo y no resultaba incómodo.
Estaba mojada. Muy mojada.
Se sentía preparada. Había pasado mucho tiempo sin reconocerse enojada.
Sí, estaba mojada y preparada.
Asomó su pierna derecha para descender del taxi y, tras la lluvia fugaz de verano, apoyó el pie sobre un charco que le salpicó hasta el tobillo.
– ¡Puta madre! ¡Qué enchastre! – pagó, molesta, el viaje y se incorporó a la vereda protegida del charco mientras sacudía el pie que había sido víctima de esa trampa.
Escuchó cómo alguien sonreía oculto en una nube de humo.
No había luz en ese espacio oculto entre los manzanos. Los frutos, tímidos, emanaban un néctar intenso que, sumado a las toxinas del tabaco, resultaba cautivador.
– No te puedo dejar un rato sola que aparecés toda mojada – se le acercó y rodeó la cintura con el brazo que supo sujetarla, en lo que era otra vida, bajo las sábanas. El dedo mayor encontró abrigo en el ombligo que, insolente, desafiaba en mantener ese cobijo por unos segundos más.
No le contestó más que con un beso, acariciando el entrecejo con el pulgar, queriendo barrer, en ese gesto minúsculo, la rabia que la había acompañado hasta ese dilatado encuentro.
Sí, era la misma tonta sensible. El enojo se le había hecho agua en el taxi.
Sabiéndolo, de esa manera única en que se conoce a un primo en las siestas, deseoso y expectante, le condujo la mano hacia una de las manzanas y casi le obligó a arrancar una, intensa en su color y humedecida por gotas de lluvia.
La miró con fingida sorpresa y, la sonrisa de costado, mostró el colmillo aun blanco y reluciente a pesar de los años de nicotina. Sostuvo el gesto unos segundos y el silencio, cómplice desde aquellas risas adolescentes, fue el puente que los unió bajo las hojas de los árboles.
– Pero… – se interrumpió ante el desconcierto, quizá temeroso de romper alguna especie de hechizo que les hacía jóvenes y gozosos otra vez.
– Shh… Callate que nos van a escuchar. Pueden abrir la puerta. ¿Sabés qué? Hoy no dormí la siesta.
Divorció el vaso que Tonio mantenía unido al tabaco y, a los pies del manzano, lanzó los cubitos de hielo destinados a derretirse.
ACME